Los acontecimientos extraordinarios de la historia, los acontecimientos notables como define el Diccionario de la Academia las efemérides, tienen, por su profunda significación en la vida de los pueblos, la virtud de conmover el espíritu, exaltar los sentimientos, estremecer el ánimo. Y es por eso que cuando nos enfrentamos con autenticidad a esos sucesos trascendentes de la historia patria en las fechas que los recuerdan, estallamos en íntima emoción. Es que “La idea de Patria ─según Arturo Orgaz─ traduce la concepción ideal, emotiva y casi mística de una realidad social”.

Pero no basta el arrebato emocional; no es suficiente la simple exaltación de las manifestaciones evocativas. Una completa celebración de tales acontecimientos históricos, requiere también adentrarse en el conocimiento y la comprensión de las circunstancias en que se produjeron, compenetrarse de los motivos, anhelos e ideales que los inspiraron, desentrañar la significación que adquirieron con su proyección en el desarrollo de la sociedad. Si logramos compenetrarnos de la compleja trama de acciones, proyectos, protagonismos, conductas, luchas, enfrentamientos, esperanzas que constituyeron los fundamentos en los que se basaron los actores para ejecutar el hecho histórico que devendría en efemérides, estaremos en condiciones de advertir cuáles deben ser nuestras conductas y responsabilidades cívicas y sociales para afianzar aquello logrado por nuestros prohombres en el acontecimiento que celebramos y por lo tanto coadyuvar a complementar su proyección futura.

Estas reflexiones vienen a cuento frente a la celebración de la Declaración de la Independencia al cumplirse su bicentenario.

Entre las fechas patrias, el 9 de Julio es una de las principales, quizá la principal, pues implica el punto de partida de la democracia genuina y de la fundación de la República, por más que predominaran entre los actores principales las ideas monárquicas, ya que estas no se compadecían con la real aspiración de los pueblos que finalmente prevaleció. La Independencia significó asumir la responsabilidad de enfrentar autónomamente el porvenir, es decir, aceptar con coraje el riesgo de ganarnos por nosotros mismos el reconocimiento y el respeto de las demás naciones de la tierra, el de defender con nuestras solas fuerzas la condición de país soberano, el de enfrentar la guerra de la emancipación que requería asimismo la independencia de los países hermanos de América, y la necesidad de sancionar las leyes, elegir los caminos, crear las instituciones que aseguraran la justicia, la libertad, el bienestar general, la solidaridad, la igualdad y el progreso de los pueblos.

Comprender esto y actuar en consecuencia, es parte fundamental de una efectiva celebración. Comprender esto esclarece la significación del acontecimiento histórico evocado y señala el más allá de la celebración simplemente emotiva. Ese más allá, que implica fundamentalmente las obligaciones de las generaciones actuales en cuanto a la acción, los emprendimientos, los esfuerzos a desarrollar para cumplir el deber que nos incumbe en la continuidad de la obra y los sueños de nuestros mayores, tiene para el Colegio Monserrat y los monserratenses de hoy un alcance especial. Con esta afirmación no pretendemos conferir al Colegio ni a sus hijos, valores superiores por encima de los demás. Solo nos referimos a lo que denota la estrecha vinculación del tricentenario Colegio con el trascendente Congreso, a través del nutrido grupo de notorios monserratenses que participaron en él como representantes de distintas provincias. Basta señalar, para corroborar lo expresado, que más de la mitad de los congresales que firmaron el Acta de la Independencia, habían cursado estudios en el Convictorio fundado por Ignacio Duarte y Quirós.

En la antigua casona colonial de Tucumán resonó la voz de conspicuos hijos del prestigioso Convictorio cordobés. Aun cuando sus opiniones y posiciones políticas no fueron siempre coincidentes, pues era diversa la visión de los hechos y los conceptos teóricos y prácticos sobre los problemas que se debatían, concordaron en lo fundamental: la solemne declaración de la Independencia. Así, unánimemente, poniéndose a la altura de las graves circunstancias que amenazaban la integridad de las Provincias Unidas, coadyuvaron a superar infinidad de dificultades, al adoptar con vigor y coraje la trascendente declaración que los pueblos esperaban, “dando nueva vida a la revolución y un nuevo ser a la República”, como dice Mitre.

Hemos dicho ya que en el recinto de sesiones de la benemérita casona, vibraron las voces de destacados monserratenses. Recordemos simplemente como símbolo de esas voces, la de aquel que leyó, en el momento supremo de la sesión del 9 de Julio, el Acta de la Declaración de la Independencia: Juan José Paso, quizá el más conocido de los hijos del Monserrat que participaron en el Congreso, quien además tuvo una descollante actuación. Pero fueron varios los que con palabra señera, con perspicaces intervenciones, influyeron en las principales decisiones del Cuerpo. Sería importante una reseña más amplia, en lo posible completa, de la participación de ese grupo de congresales. Como no es posible hacerlo aquí, tanto por la índole de este trabajo y su necesaria brevedad, como por los alcances de su autor, nos permitimos sugerirlo por si alguien quisiera intentarlo. Sin embargo, a manera de muestra de la participación a que acabamos de referirnos, vaya una breve relación del papel que le cupo al monserratense Tomás Godoy Cruz con respecto al acto fundamental del Congreso, como así también a otro hecho de primordial importancia para el afianzamiento de la emancipación sudamericana.

Sabemos que San Martín y Belgrano se erigieron en firmes sustentos del Congreso reunido en Tucumán y que su influencia fue decisiva en cuanto a la Declaración de la Independencia. Con respecto a San Martín, que en su “Ínsula Cuyana” había madurado el plan de su heroica campaña libertadora y trabajaba no solo en la preparación del ejército de los Andes, sino también en la ardua tarea de convencer sobre las ventajas de su proyecto, es de hacer notar que su acción con referencia al Congreso se vio apoyada y complementada eficazmente por su amigo y confidente Tomás Godoy Cruz, quien había sido designado representante de Mendoza, su patria chica. Ya en marzo de 1816, cuando aún estaban llegando los diputados de las distintas provincias a Tucumán, San Martín no podía disimular su ansiedad y preguntaba a Godoy Cruz cuándo empezaban a reunirse. Urgíale hiciera lo posible por acelerar la constitución del Congreso y le pedía que hicieran el mayor esfuerzo para asegurar “nuestra suerte”. Una vez constituido el Congreso, el Prócer comenzó a instar la inmediata declaración de la independencia, acompañado en esa actitud por Belgrano. Godoy Cruz, a pesar de compartir las vacilaciones de la mayoría, fue el vocero de San Martín en el seno del Cuerpo, y trabajó con empeño para lograr lo que él anhelaba tan fervientemente.

Son famosas las cartas que intercambiaron sobre el tema central de la Declaración de la Independencia. El 12 abril, recién iniciadas las deliberaciones, San Martín escribía a Godoy Cruz: “¿Hasta cuándo esperamos para declarar nuestra independencia? Es ridículo acuñar moneda, tener pabellón y cucarda nacional, y por último, hacer la guerra al Soberano de quien se dice dependemos y permanecer a pupilo de los enemigo. ¿Qué más tenemos que decirlo? Con este paso el Estado ganará un cincuenta por ciento; y si tiene riesgos, para los hombres de coraje se han hecho las empresas”. Godoy Cruz le responde aquello de que el asunto de la Independencia no era cosa tan llana como “soplar y hacer botella”, a lo cual el General contesta de inmediato con irónica firmeza: “Veo lo que usted me dice sobre que el punto de la independencia no es soplar y hacer botella; yo respondo que mil veces más fácil es hacer la independencia que el que haya un solo americano que haga una sola botella”. San Martín no dejó de insistir; con obstinada convicción y argumentos contundentes hizo madurar en el seno del Congreso, a través de la acción decidida y fecunda de Godoy Cruz, la certeza de que lo único que el Congreso podía resolver por ser lo único que los pueblos estaban dispuestos a obedecer era la solemne Declaración de la Independencia. En los primeros días de Julio llegó Belgrano a Tucumán y con su prestigio y sabiduría coadyuvó también a la adopción de la trascendente resolución.

Declarada la Independencia, Godoy Cruz hubo de prestar otro importante servicio relacionado con el porvenir de la Patria. Fue el intermediario indispensable para la concreción de la célebre conferencia entre José de San Martín y Juan Martín de Pueyrredón, (que había sido designado Director Supremo por el Congreso de Tucumán) realizada en Córdoba pocos días después de la solemne declaración. En esa reunión se consolidó entre los dos próceres el acuerdo que sustentó la gloriosa campaña libertadora del Padre de la Patria. Godoy Cruz era también amigo de Pueyrredón y fue en base a esa relación que pudo lograr el decisivo encuentro de Córdoba.

Decíamos en los párrafos iniciales de este artículo, que la celebración de los hechos memorables de la historia patria no debe limitarse a la exaltación emotiva sino que debe, además, procurar la comprensión de su significado para asumir los deberes y responsabilidades que incumben a las generaciones actuales en su obligación de afianzar y completar la proyección al porvenir del acontecimiento notable. Y decíamos también, con la aclaración pertinente, que con respecto a la celebración de la Declaración de la Independencia, ese más allá de la celebración emotiva, tiene para el Monserrat y los monserratenses un alcance especial.

Es bien conocido el hondo sentimiento de pertenencia que la Casa de Duarte despierta en sus hijos. Casi sin advertirlo, en un momento cualquiera de su andanza en el Colegio, el alumno se siente invadido por el espíritu del Monserrat, se siente atrapado por el Duende, nota que en su sangre corre el embrujo de esta Casa, y sabe ya, con el saber del corazón, que será monserratense para siempre. Esto ha generado, es indudable, la existencia de una “estirpe monserratense”; ni mejor ni peor que cualquier otra, pero distinta. De allí la empatía que enlaza a los miembros de esa estirpe, cualquiera sea la generación a que se pertenezca. Es por eso que, en vinculación con el tema del bicentenario, las generaciones actuales, ya se trate de alumnos, egresados, docentes, se sienten hermanados al grupo de monserratenses que dieron vida al histórico Congreso de Tucumán y a la solemne Declaración de la Independencia. Esta realidad es la que nos ha permitido afirmar el especial alcance que la celebración del Bicentenario de la Independencia tiene para los hijos de este Colegio. Nos incumbe, pues, compenetrarnos de su contenido profundo y descubrir cuál debe ser nuestra acción, nuestra lucha de hoy, nuestra conducta para cumplir con el deber de afirmar y continuar la obra de aquellos hermanos mayores. En primer lugar, afianzar los valores de la democracia, fortalecer las instituciones de la República, desarrollar el espíritu de solidaridad y hacer realidad la igualdad entre los hombres. Para todo ello es imprescindible procurar la mejora de la educación en su esencia, en lo que hace a la formación integral del hombre. Quizá un punto que no puede escapar a la visión de un monserratense en orden a la educación, consista en la necesidad de divulgar, extender y desarrollar la orientación humanista de los estudios. ¡Y cuántas cosas más!

Mario Argüello

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