¿Significa algo que hayan pasado dos siglos de aquél 9 de julio fundacional de 1816? Antes que nada significa justo eso, que pasó ese tiempo y que seguimos siendo los herederos de aquéllos 29 patriotas que firmaron la Declaración de Independencia que leyó Francisco Narciso de Laprida.

Lo que nos parece central para responder es que nuestro pueblo acopióexperiencias. Las experiencias son pruebas o ensayos queno derivan mecánicamente hacia el conocimiento o la sabiduría. Para decirlo de manera sintética la experiencia no significa en sí misma gran cosa, se transforma en valiosa solo si logramos utilizarla y, para hacerlo, debemos analizarla, sopesarla e incorporarla como información a las decisiones políticas.

En estos doscientos años la humanidad vivió un proceso de desarrollo vertiginoso y sorprendente: la revolución tecnológica e industrial produjo una infinita multiplicación de innovaciones. Imposible sustraerse a semejante correntada de cambios, continuos, diversos y hasta imperiosos.

Los cambios ya llegaban a estas lejanías a principios del siglo XIX, a partir de las convulsiones causadas por las Guerras Napoleónicas, e incidían en las cuestiones propias, a tal punto que la Revolución de Mayo y el Congreso Independentista de Tucumán fueron acciones decididas gracias a la oportunidad planteada en Europa. O sea que había dos escenas en un mismo escenario: nosotros y el mundo. Y reinaba la confusión, ya que no sabíamos demasiado bien el rol de los actores, ignorábamos quiénes éramos y no teníamos relaciones internacionales, ya que hasta ese momento fuimos un país dependiente de la Monarquía Española.

Tal situación imponía dos condiciones inevitables: acuerdo político interior e inserción en el mercado mundial.

Lo primero era un sinuoso y largo camino, duraría hasta 1862, cuando Urquiza y Mitre, no sin pasar por enfrentamientos que derramaban sangre argentina –las batallas de Cepeda y Pavón eran solo los puntos culminantes de la enconada lucha – llegaron a concertar como pudieron sus discordias. Sin embargo, para lograr un Estado moderno hubo que esperar hasta armonizar la Constitución de 1853 con los intereses de la Provincia de Buenos Aires y establecer el dominio definitivo sobre el territorio, al ocupar la Patagonia y terminar con el problema de la Capital Federal. O sea que se puede afirmar que en 1880, cuando asume el Presidente Julio Argentino Roca, concluye el desafío que se impusieron los firmantes del Acta de Independencia en 1816.

Como se puede ver, no fue fácil. Por eso no es conveniente dejar que las circunstancias nos retrotraigan a los desacuerdos profundos, donde germina el odio y el enfrentamiento.

Lo segundo, establecer relaciones con otros países, decididos a reconocernos ganándose la enemistad de España, firmar tratados, comerciar, solicitar préstamos para incorporar tecnología gracias a la inversión; fue otro largo y sinuoso camino, porque desde que se perdió Potosí, se complicó la supervivencia del espacio económico que había creado la minería argentífera. Y recordemos que la parte más importante del virreinato dependía de esa mina de plata, la que perdimos desde 1810, ya que la recuperamos durante poco tiempo y después de la batalla de Ayacucho en diciembre de 1824,nos faltó para siempre, ya que el Alto Perú al año siguiente pasó a ser la República de Bolivia.

La inserción al mercado global era solo posible a partir de la ganadería (carne salada, cueros y cebo). Lo que era factible en las tierras cercanas a los puertos. O sea que el resto del territorio, no tenía qué intercambiar; creado para abastecer la actividad minera, quedó en la búsqueda de alguna producción alternativa.

Las dos condiciones inevitables eran difíciles de alcanzar y se demoraron nada menos que setenta años. Se alcanzaron gracias a la articulación entre los pensadores, políticos.emprendedores y un pueblo decidido a progresar y llevar adelante las profundas modificaciones necesarias para dejar atrás la era colonial: un nuevo Estado capaz de normalizar el desarrollo de una sociedad plural; establecer las normas y leyes de convivencia; dominar, comunicar y defender la soberanía del territorio; acordar políticas de consenso; posibilitar la inmigración; instalar de manera efectiva una educación popular obligatoria y gratuita; producir bienes capaces de ingresar con éxito en el mercado mundial; lograr confianza para inversiones de capital extranjero y nacional; establecer relaciones diplomáticas, comerciales y culturales con países que promovieran estrategias acordes a las propias; conseguir apoyo e intercambio científico tecnológico en plena época de la segunda fase de la Revolución Industrial.

Lo que acabamos de enumerar parece un listado de hoy mismo, es cierto, porque se trata de problemas permanentes. Respondamos ahora la pregunta que origina el presente artículo: no cambió lo sustancial del desafío, pero sí es diferente, porque ahora contamos con lo realizado y lo aprendido, ambos aspectos nos sirven si podemos utilizarlos de manera crítica e inteligente y es el rol de la educación, nutrir con la experiencia a las nuevas generaciones.

Los firmantes de la Declaración de Independencia (Más de la mitad estudiaron en Córdoba, en el Seminario, la Universidad o el Colegio Monserrat) eran los representantes de los pueblos y empujados por las urgencias de la guerra, fueron capaces de entregar sus fortunas y sus vidas para conseguir la libertad.

Los doscientos años que pasaron están ahí, son la clave para entender el tiempo que nos toca protagonizar, no nos exige tanto como a los próceres del pasado, solo que hayamos aprendido a conciliar intereses y entendernos entre nosotros y con los demás para aprovechar las ventajas de nuestro pródigo país y las oportunidades que a partir de ellas se nos ofrecen para vincularnos con otras naciones.

Mario Forte
Ex Profesor de Historia del Colegio Nacional de Monserrat

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